Carezco de metodología. Camino descalza para medir la temperatura del día, escucho pájaros que no sé identificar, pero si alcanzo a verlo y es amarillo, seguramente diga: "Oropéndola". No sé más.
Me puede la angustia ajena, y cuando eso pasa, funciono mal, como una cadena suelta en la rueda de una bicicleta.
La madre que me parió, creo que esta tecla no la he tocado y no está bien. ¿Los treinta son tan temblorosos? Bueno, treinta, y dos.
Vencejo que vence, golondrina que estrella.
Una fruta al día. Dos cervezas. Siempre con cuidado para no introducir el pie, entre coche y andén.
Alcanzo las deportivas, mientras en mi cabeza tarareo a Taylor Swift antes de salir a correr, un kilómetro, dos, tres... ese pequeño instante en el que me siento desfallecer. Aire.
Pienso en el fallecer, ¿fallar a la vida?, ¿también? Mis pequeños sueños se tambalean y alcanzo a sujetarlos, como un acto reflejo, como si fuera esa pulsación que me arrastra un kilómetro más.